En mi primer semana de habitarla lloré mientras un
violinista tocaba; triste, viejo, sucio, en el metro... lloré sola, sin recibir
por ello una sola mirada... me dolía toda.
Después aprendí a
caminarla con filtros, con escudos, con ideales. Aprendía a tocarla con mi
propio violín, y sí, duele, como duele todo el país, pero no podemos sólo llorar o no ver.
La cuidad me
enseñó a mirar diferente.
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