Nuestra ciudad está llena de ecos, unos rebotan para
nosotros y el resto le pertenecen a la calle y también a la guarida de muros naranjas.
Hileras melódicas de signos que ya no son más que recuerdos, constantes
recuerdos de ritmo cardíaco. Todos juegan a ser ciegos cuando sale el sol, y en
las noches prefiero no soñarte ya, mejor espero los inviernos que te traen como cobija con un detalle al corazón.
Varios pajarillos posan en susurros, van de
palabra en palabra discutiendo entre los que no saben volar y los que vuelan
por la mente.
Letras ya sólo hay para permanecer, no importan las horas que medien entre un beso de
despedida y el abrazo más intenso. Ahora volamos dentro
de la muralla de la rutina a la que fuimos arrojados desde aquella noche, la
más larga.